martedì 22 settembre 2015

PEGASUS INTERNACIONAL (Spagnolo) - 3

Estimados amigos:
Les presentamos el tercer número de PEGASUS INTERNACIONAL EN ESPAÑOL, que forma parte de blog italiano de Paolo Secondini
Desde que se publicaron los primeros números, han seguido llegando cuentos a la redacción de la revista en español, como un sendero virtual de magia, fantasía e inventiva. Agradezco el entusiasmo de todos los amigos. Los cuentos se publicarán poco a poco.
         Los autores no pierden sus derechos de autor y permiten que sus relatos se traduzcan a otros idiomas para los números subsiguientes de Pegasus Internacional.  Para que este proyecto siga creciendo, ruego a los escritores de lengua española interesados que envíen sus colaboraciones a  la responsable de la edición en español de Pegasus Internacional, Adriana Alarco
 Lilian Elphick – Chile*
K en La Mancha

 
K,  Don Quijote y Sancho Panza frente a los molinos de viento.
Don Quijote: —¡Ataque!
K: —¿Yo?
Don Quijote: —¿No vino aquí a desfacer agravios?
K: —Vine a La Mancha porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Hermann Kafka.
Sancho: Ése caballero vive más al norte, señor K, donde hay ríos llenos de truchas y bosques encantados.
Don Quijote: Vamos a buscarlo y nos olvidamos de estos gigantes de brazos largos.
K: Pero, yo vengo del norte y él no está allí.
Sancho: Seguramente es otro norte el que usted buscó.
Don Quijote: Tiene razón el escudero: hay muchos nortes. ¡Andando!
K: Yo tengo una brújula y el norte es siempre el mismo. Mire.
Don Quijote y Sancho: ¡Válgame Dios!
Don Quijote: Usted es nigromante, K, y no nos había dicho nada.
K: Soy escritor igual que su amo.
Sancho: Mi amo no tiene amo, ¿o sí?
Don Quijote: El único escritor soy yo, ¿acaso sois ciegos?
K: Usted es un personaje creado por Don Miguel de Cervantes Saavedra.
Don Quijote: Ha perdido el norte irremediablemente, K. Deme el aparato y finiquitamos el asunto. Usted se va por aquí y nosotros, por allá. ¿Le parece?
K entrega la brújula a Don Quijote.
K: Ya no la necesito. Llegué al territorio de mis sueños y no me di cuenta. Ahora, debo ir al sur.
Sancho: Si desea podemos acompañarlo, ¿no es cierto, mi señor?
Don Quijote: Con la condición de que me llame “escritor” y no “personaje”.
Sancho: Y que cuando diga “¡Ataque!”, usted ataca sin más ni más.
K: Muy bien, señores, haré lo que piden.   Dicen que en el sur hay volcanes activos y unos seres barbados que escriben historias mínimas que me encantaría leer. Ahí puede estar mi padre.
      A Juan Armando Epple y Pedro Guillermo Jara
 
K en el espejo
Gregorio:  —Buenas noches, K.
K: —…
G: —¿Estás ocupado?
K: —Un poco, sí. 
G: —Entonces, lo dejamos para otro momento.
K:  —No, no… es que no puedo dar con el final.
G: —Ah, el cuento que escribías anteayer.
K: —Exacto. Iba todo tan bien, la historia fluía como el agua, pero no he sabido rematarla.
G: —Fácil. Efecto dominó. Es la única forma. Vamos, atrévete a clavarle las banderillas al toro.
K: —No quiero irme por ese camino. Sería trivializar la historia; el final debe ser abierto.
G: —Los cobardes usan finales abiertos.
K: —Bueno, dejémoslo hasta aquí. Veo que estás de mal genio.
G: —No ves nada, ése es el problema. Te ciega tu propia imagen reflejada en el agua.
K: —¿Narciso yo? Ja…
G: —Todo escritor es narciso. No he dicho nada fuera de lo común. Lo que tienes que hacer es entregarte a tu personaje, ser él, ¿se entiende?; es decir, ingresar en la ficción sin ningún temor.
K: —Es lo que yo hago.
G: —Temo que voy a contradecirte, K. Tus historias son autobiográficas.
K: —¿Y las tuyas?
G: —Sé salirme del mundo; en cambio, tú no tienes ese don. Tus textos son crípticos, los escribes para ti mismo. Toda tu escritura es un maldito diario de vida. Salirse del mundo significa que los demás puedan conmoverse con tu literatura, con tu fábrica de ilusiones.
K:  —He leído muchísimo más que tú, insecto execrable.
G: —Y no asimilaste nada. Si hubieras entendido, tu escritura sería de todos. ¿O es que hay una diferencia entre leer y escribir?
K: —¡Por supuesto!
G: —¿Ves? Eres más tonto que un zapato. Nunca, entiéndeme, nunca vas a llegar a ningún sitio.
K: —Estás loco. Cuando se te pase tu enésimo cruce de cables, avísame.
G:   —No puedes hacer finales. No te da el seso, pequeño farsante.
K: —Imbécil, vas a ver…
G: —Imbécil, tú. Y no me amenaces, mentiroso de mierda. Siempre lo supe, ¿o crees que nací ayer?
K rompe el espejo.

K en la grieta

 
K conversa con Gregorio en el despacho. Este espacio será circular; un escritorio, papeles, una lámpara, un sillón verde, una maleta, una ventana sin cortinas. La luz deberá ser muy tenue. Se oirá el canto de los grillos.
K: — Se hace tarde, debes partir.
G: —No quiero irme, K; si lo hago, desapareceré.
K:  —Ya te pedí perdón, sólo tienes que salir por esa grieta.
G: — ¿Tú crees que pidiendo perdón solucionas todo? ¡Mírate! No eres más que una mentira. A fuerza de costumbre soy más real que tú: vivo tu vida con la experticia de los monstruos, respiro tus sueños y lo que mejor sé hacer es…es…
K: — ¡Basta! ¡No permito que me hables así!
G: — Y lo mejor que sé hacer es hablar, K, sí, hablar.
K: — Lo tuyo es sonido aberrante, chirrido, balbuceo incomprensible. Tú crees que hablas un lenguaje pleno, pero no haces más escupir la realidad.
G: — Tus huesos sonarán como cascabeles en una Europa que nunca será tuya *, K.
K: — Morir es lo de menos, estimado. Y Europa ya está destruida.
G: —Vamos, no te pongas melodramático; recuerda que no soy tu antagonista.
K: — Eres lo peor de mí. Ah, si era cosa de no escribirte, de no moldearte en mi fisura delirante.
G: — Pero lo hiciste; asúmelo y revierte la situación.
K: — ¡¿Cómo?!
G: — El que debe partir eres tú. Ahí está tu maleta. He colocado tu camisa favorita y tu traje.
K: — ¿El azul marino con botones dorados?
G: — Sí.
K: — ¿Y adónde me dirigiré?
G: — Eso yo no lo sé.
K tomará la maleta y se sentará en el sillón. El escenario comenzará a girar. El sonido de los grillos irá decreciendo; se escucharán gritos, disparos, bombas, aviones, sirenas. Gregorio se acercará a K y le dará un beso en la frente. K se abrazará a sus piernas. Lento apagón.
* Frase de Sergio Astorga en una carta.
 
*Lilian Elphick (Santiago de Chile)
Ha publicado: Relatos: La última canción de Maggie Alcázar (1990) y El otro afuera (2002). Microrrelatos: Ojo Travieso (2007); Bellas de sangre contraria (2009); Diálogo de tigres (2011); Confesiones de una chica de rojo (2013) y K (2014).

 

Juan Ignacio Aluz, Adriana Alarco de Zadra y Patricio G. Bazán

A Segundo se lo llevaron preso

 
         Uno no puede comprender la idea real de una identidad explotada, completamente destrozada, hasta no tener delante de sí a Segundo Acosta. La sensación de estar frente a un ser así, tan despojado de lo que uno guarda para sí: la reexaminación de pensamientos, de las imágenes que se cruzan en la cabeza; eran apenas ideas abstractas e insignificantes, en comparación con los relatos que Segundo venía confesando desde las 3 de la tarde, después de haber sido detenido. Sólo así se hace uno la figuración de un demente.
         — ¡Segundo de nadie! Soy el Primer Caballero de los Arenales del Rey en estas costas del Nuevo Mundo, con poder para hacer y deshacer enredos, trampas y entuertos —repetía.
         —Según mi parecer, Doctor Sabilongo, este paciente sufre de alucinaciones quijotescas. Estoy a cargo de la Cárcel desde hace demasiado tiempo y reconozco a un loco de remate.
         — ¿Y si en verdad es un Caballero nombrado por la Corona? Acabaríamos nosotros en la cárcel si lo encerramos. Propongo, querido Director, que por ahora le llevemos la corriente, que pueda expresar su desvarío.
         —Legalmente, podemos detenerlo 24 horas por averiguación de antecedentes, doctor.
         — ¡Exacto! Dejémosle que nos convenza, y luego veremos si es quien dice, o solo es un mitómano.
         Don Segundo Acosta narró con lujo de detalles sus planes de aventuras ante un auditorio inicialmente escéptico. Le llevó toda la noche.  Al otro día, todos partieron alegremente en busca de El Dorado.
 
Juan Ignacio Aluz: (Argentina, 14 de Junio de 1976).

Semblanza: Capitanear un barco a tres cabezas, es una aventura mejor a una brújula fuera de su zona, donde no existe ese poder magnético. Pensar fuera de la caja es una libertad increíble; tener los movimientos limitados por los caracteres, por la continuidad de lo escrito por otro que no es uno, es al menos, es un desafío. Producir un eslabón reflejo en la mente del otro, para de ahí en adelante, correr sin tregua ni límite alguno, una carrera de posta, según el puesto que nos toca.
Adriana Alarco de Zadra – www.adrianaz.it
Patricio G. Bazán  (Argentina, 1965). Escritor e ilustrador. Autor de obras de ficción inéditas, entre las que se incluyen "Panoplia" (cuentos), la novela "El Tapado y el León", y varias obras de teatro. Participó en las antologías "Grageas 3" (2014) y "Cien Páginas de Amor" (2015).
Dauno Tótoro – México
Fin de Jornada
         Hay una ciudad triste sobre la que la noche ha caído hace mucho y el amanecer tarda en anunciarse.
         Hay un tranvía vetusto que trepa las empinadas calles sin veredas.
         Hay una mujer sentada al fondo del tranvía, sosteniendo un pequeño espejo ante su rostro mientras se quita lentamente el maquillaje con un pañuelo. Hay miradas de pasajeros que la observan de reojo con reproche. Hay una lágrima que se encharca en el colorete desvanecido. El traqueteo se detiene con un chispazo de máquina descompuesta. Hay desazón resignada en quienes deben continuar a pie la escalada por los cerros adormecidos y doloridos.
         Hay un callejón oscuro, de esos a los que todos los edificios les dan la espalda, donde se acumulan bolsas de basura y las cajas de cartón forman montañas desordenadas por las que trepan ratas. Hay graffiti en las paredes mohosas, algunos más bien obscenos. No se camina por placer en esa calleja podrida. Hay una mujer en el callejón oscuro. Sus tacones delgados marcan un seco compás que rebota en los muros mojados de las espaldas de los edificios. El resto es silencio.
         Hay un hombre fumando agazapado entre las cajas de cartón y las bolsas de basura. Apaga el cigarro pisando la colilla contra el suelo. Hay una navaja en la mano del hombre. No es aconsejable la situación de la dama, piensa él, pero quién soy yo para dar consejos.
         Ella camina sin prisa, como si el callejón oscuro no fuera un riesgoso atajo. Él espera que la mujer pase frente a su escondrijo y luego sale de entre las cajas amontonadas, sigiloso. Todavía empuña la navaja. El antebrazo de él en torno al cuello de ella. No hay gritos y quedan frente a frente. Él, con sus malas  intenciones. Ella, con su mala suerte. Hay una lágrima en la mejilla de la dama. Él entiende que la trae puesta desde antes de entrar al callejón.
         Hay un brazo que suelta un cuello, unas miradas que se cruzan. Hay un hombre armado de navaja y viles instintos que se pierde en las pupilas de una mujer sola que sufre penas que él reconoce.
         Hay una mano que dobla la hoja de la navaja y la guarda en un bolsillo. Aparece un paquete de cigarrillos, ella toma uno que él ofrece. Hay un fogonazo de fósforo encendido, dos brasas rojas en la noche, miradas que se miran. Historias en silencio. Hay un beso sin sentido, un escalofrío que recorre dos espaldas. Hay pasos que se pierden en la noche y desaparecen.
         Hay un callejón oscuro y vacío, una colilla pisoteada en el suelo.
         Hay unos gastados escalones y dos cuerpos que se estrechan en un descanso, buscándose. Hay dedos entrelazados.
         Hay una puerta que se abre con un chirrido mohoso y un interruptor que enciende la luz mortecina en el interior de un departamento.
         Voy a ver al niño, susurra la mujer, mientras él se quita los zapatos.
         Hay un hombre que se recuesta sobre un sillón de tapiz raído. Hay cierto sentido en tanto silencio.
         Afuera, hay un callejón vacío.
 
Jugando a las Muñecas

Cuando quien pudo haberse llamado Manuel escuchó los berridos de su madre y la vio frotarse las piernas con nieve y hojas mojadas, supo que le esperaba una vida breve. Intentó arrastrarse de regreso por el reguero que brotaba entre los muslos de ella; odió su repugnante indefensión. "Si hubieras nacido cuando vivíamos en la fascinación por la tormenta y no en el temor al capataz de la salmonera, habrías sido un niño con risa, pecho y manta", alcanzó a decir ella antes de ponerse de pie, recoger su muñeca de trapo, ajustarse el uniforme del liceo y lanzar al crío a las aguas del canal. Rebotó entre las piedras, se arañó contra los maderos y las olas lo arrojaron, como un desperdicio más, entre las tripas de pescado y la espuma sanguinolenta sobre las playas del Golfo del Corcovado.
 

Dauno Tótoro Taulis (1963), ha residido en México, Italia, Canadá, Argentina y Trinidad y Tobago, siendo Chile siempre su punto de partida y de retorno. De estas experiencias surgen los paisajes y personajes que pueblan su obra. Autor de libros de crónica y ensayo; de cuentos y relatos breves. Es además corresponsal de diversos medios de comunicación nacionales y extranjeros, director de documentales y guionista de cine y televisión. Ha recibido los premios "Revista de Libros de El Mercurio", "Antonio Pigaffeta de la Sociedad de Escritores de Chile sección Magallanes" y "Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí de Cuba".

 Antonio Bellomi – Italia
Alfio
         Alfio tenía ocho años y era diferente de todos los otros niños de su edad. En la escuela no era particularmente brillante pero tampoco estaba retrasado.  Parecía vivir en un mundo particular donde los otros, fueran ellos sus compañeros, sus padres o su maestra, tenían un rol limitado y marginal.
         Cuando no estaba en la escuela se sentaba sobre el muro delante de su casa a soñar, o así creían quienes lo veían, con los ojos ausentes y fijos en una realidad que no era la que lo rodeaba. A veces miraba los dibujos animados en la televisión y entonces reía y se divertía como cualquier niño de su edad.
         Tenía, también, una gran habilidad manual.  Cuando Gennaro, su padre que arreglaba de todo en el lejano pueblito del sur donde vivían, tenía un problema insoluble lo llamaba:
         - ¡Alfio!
         Entonces, Alfio llegaba corriendo, cogía el objeto para reparar entre sus manos, ya sea una cafetera o el motor de la moledora y en poco tiempo volvía a funcionar.
         Quizás se trataba de la tubería del agua que no funcionaba y Alfio no entendía nada de cantidades de portada, velocidad de curso, presión de agua y otros términos difíciles que ni siquiera sabía que existían. Sin embargo, cuando acompañaba a su padre a reparar una tubería defectuosa o cuando la arreglaba con sus manos, se podía estar seguro que luego funcionaría a las mil maravillas.
         - Quisiera tener una persona así en la fábrica, - exclamó el comendador Paolella el día que Alfio le arregló la tubería hidráulica de su casa de campo a la perfección, aún después de los numerosos y vanos tentativos por parte de otros gasfiteros expertos traídos de la ciudad y que nunca pudieron hacer funcionar los juegos de agua del jardín.
         Alfio era un genio. Aún si era un genio desconocido.
         Un día su padre lo llamó mientras estaba en cuclillas sobre el muro pensando en las musarañas como era su costumbre.
         -  Arregla esto, - le ordenó con brusquedad, entregándole un aparato.  -  Tu madre la necesita.  Era una aspiradora de modelo antiguo.  Alfio ni siquiera la miró y contestó:
         - Está bien. – Luego se alejó.
         Dos horas después, Gennaro fue a buscarlo porque lo necesitaba.
         - ¿Dónde se habrá escondido ese holgazán? – renegó ya que no estaba por ningún lado.  Finalmente lo encontró en la sala viendo los dibujos animados de la televisión.  Al costado tenía la aspiradora enchufada.
         - ¡Así es como trabajas! – lo resondró.  Luego vio la aspiradora y probó a encender y apagar el botón pero nada.  El motor no prendía.  -  ¡Y ni siquiera lo has arreglado! ¡Eres un flojo que no sirve para nada!  ¡Si no te presiono, no haces nada! – Tomó al hijo por una oreja y se lo llevó.  Tenía que arreglar una plancha y no entendía cómo hacerlo.  Ni siquiera se recordó de desenchufar la aspiradora.
|         En el laboratorio puso la plancha en manos de su hijo y se puso a limpiar su mesa de trabajo.  Quince minutos después, Alfio se le acercó y le puso la plancha sobre la mesa. 
         - ¿Ya me puedo ir?
         Gennaro enchufó la plancha y controló que funcionase.  Rezongando contestó:
         - Si te necesito te llamo.  Ahora regresa a reparar la aspiradora.
         Al percatarse de que Alfio no volvía donde él, fue a buscarlo y lo encontró delante del televisor.  La aspiradora estaba muda.
         - ¡Traidor, come echado! – le gritó exasperado.  - ¿Se puede saber qué te pasa?  ¿No ves que todavía el aparato no funciona?
         Alfio se levantó asustado viendo que avanzaba con el brazo levantado para darle una bofetada y escapó mientras su madre entraba por la puerta.
         - ¿Qué pasa, Gennaro? – preguntó la mujer, sorprendida. - ¿No te has dado cuenta del magnífico trabajo que ha hecho tu hijo?
         -  ¿Y tú tienes el valor de defenderlo? – regañó su marido.  – Se pone a mirar la televisión en vez de arreglar tu aspiradora.
         - Pero la ha arreglado muy bien, - contestó la mujer.  -  Ahora funciona en forma diferente.  Basta enchufarla y el polvo del cuarto desaparece.  Y ni siquiera se escucha el motor.
         -  ¿Estás bromeando? – preguntó sospechoso su marido.
         - Absolutamente, no, - contestó la mujer pasando un dedo sobre los muebles y retirándolo limpio.  -  No hay una mota de polvo en ninguna parte.  Funciona mejor que antes.
         Era verdad.  Hasta el aire parecía más puro como si estuviese filtrado.  Sin sentirse satisfecho del todo, Gennaro decidió hacer una prueba.  Cogió arena con la lampa y la llevó a la sala.  Apenas atravesó la puerta, la arena desapareció.
         - Nuestro hijo es un genio, - afirmó la mujer. – Yo siempre te lo dije aún si repetías que era un holgazán.
         Lo primero que le vino en mente a Gennaro era averiguar adónde iba el polvo y la arena a través de la aspiradora.  ¿Se desintegraba? ¿Se transportaba quizás adónde y quizás cómo o en virtud de cuál principio tan difícil de entender?  Luego pensó a las implicaciones económicas de este nuevo tipo de aspiradora y le vino la fiebre.  Subió a su motocicleta y corrió al pueblo donde el comendador Paolella.  Él era el hombre que podía ayudarlo con sus conocidos en los círculos de la producción y del comercio.
         El comendador estaba descansando en el jardín y el cuento de Gennaro no le pareció tan increíble.  Después de todo conocía las habilidades de Alfio.  Simplemente dijo:
         - ¡Vamos! – y montó detrás de Gennaro en la moto para ir a observar personalmente tamaña invención.
         Gennaro corrió como alma que lleva el diablo.  Delante de sus ojos aparecían cifras con tantos ceros que ni siquiera podía contarlos.  Cuando se detuvo delante de su casa vio a Alfio desde la ventana del laboratorio.  Entró corriendo seguido por el comendador y lo vieron agachado sobre la aspiradora.
         - ¿Qué haces? – gritó.  - ¡Deja ese aparato!
         El hijo volteó a mirarlo  y en sus ojos brillaba la satisfacción.
         - Ahora sí funciona como tú querías, papá, - le comunicó.  – Observa. Apretó el botón del encendido, el bolso se infló y se escuchó el rumor del aparato que aspiraba.
         - ¡Desgraciado, qué has hecho!  - exclamó Gennaro, fuera de sí. -  ¡Vuelve a dejarlo como estaba antes, inmediatamente!
         Pero Alfio negó con la cabeza. 
         - No, papá, tú tenías razón.  Así es como debe funcionar la aspiradora.
         Y nunca más, ni ese día ni después pudo convencerlo.  Porque, además de todo el resto, Alfio fue siempre un muchacho de principios.
 
Antonio Bellomi (Garbagnate Milanese 1945), trabaja en el campo editorial desde hace más de cuarenta años.  Ha sacado a la luz cuentos policiales, de ciencia ficción, de horror y cartones.  Escribe para muchos géneros de literatura popular.  Numerosos cuentos suyos se han traducido en Estados Unidos, Hungría, Francia, Alemania, Bulgaria, China, Finlandia, Noruega, Suecia, Brasil, Croazia, Argentina, Holanda y Grecia.  Su novela más conocida: “L’Impero dei Mizar” (Solfanelli 1981; Mondadori 1996) ha sido considerado como uno de las mejores obras italianas del espacio, “space opera”.
 
Adriana Alarco – Peppe Murro
Pesadilla

         Una noche entré en el cuadro de mis pesadillas.  Se veía terrorífico con su iglesia sobre el monte bajo un cielo tempestuoso.  Las ventanas me observaban desde lo más profundo de su oscuridad. Mientras subía las escaleras del Museo, la visión me confundía.  ¿Estoy viéndolo desde afuera o desde adentro?
Van Gogh se revolcaría de risa en su tumba si me viera con la duda, sin dar un paso más hacia el paisaje alucinante. ¿Soy yo la mujer que avanza por el sendero amarillo o soy la Muerte?
         No puedo hoy soportar tanta emoción y tanta angustia.  Entonces, para detener el pánico que atenaza mis entrañas, alzo la guadaña y destruyo, al fin, mi pesadilla.
         Trapos, trozos de tela y de carne, sangre y pensamientos… la hoz que gira y todo… todo…  Quedan solamente los cuervos y un prado inmenso y amarillo de girasoles.
 

Los dos escritores que publican este cuento compartido son asiduos en el blog de Pegasus.

Sergio Gaut vel Hartman – Argentina
Por el tiempo que sea

 
 —Señor Samsa —dijo el escorpión de la agencia matrimonial Brouci Švábi—: ¡le he conseguido una novia!
—¡Maravilloso! —respondió el monstruoso escarabajo—. ¡Una doncella!
El escorpión se restregó las tenazas. —Me temo que no; es viuda.
—No importa, solo lo dije por decir. Una viuda está bien. Ya la imagino en el altar, blanca y radiante como un sol.
—Lamento tener que contradecirlo de nuevo, señor Samsa. Es negra.
—Blanca, negra; da igual. No soy racista. —Samsa meneó la cabeza—. Una escarabaja albina sería una rareza, ¿no?
—No es una escarabaja, señor Samsa. —El escorpión empezó a sentirse nervioso—. ¿Quiere ver una foto de su prometida?
—¡Claro, por supuesto! —El escorpión deslizó varias fotos de la candidata—. ¡Es bellísima! —exclamó Samsa—. Sé que seré feliz con ella por mucho tiempo.
—Bueno, por el tiempo que sea —dijo el escorpión—. Mientras sea intenso…
—Eso —dijo Samsa suspirando—. Mientras sea intenso…
 
Karma

 
—Señor Kafka —dijo el editor frunciendo el ceño y todo lo demás que puede contraerse en un rostro—. Esto es una mierda. —Empujó el manuscrito con tal violencia que el mismo cayó en el regazo del escritor. Casi de inmediato, un escarabajo de triste mirada se movió entre las hojas, trepó por el cinturón hasta la camisa y se detuvo en el hombro. Kafka se sintió desolado. No podía sacar de su cabeza la idea de que Gregor Samsa, ese patético empleado, tímido y melancólico, tendría que resignarse a su condición de ser humano por lo que le quedaba de vida.
 
Peripatético

—¡Fascista!
—¿Le parece? —El extraterrestre se miró las manos de siete dedos, palpó la hendidura pulsátil ubicada entre una protuberancia vítrea frontal y la cresta que realzaba el sector gelatinoso del pico, segregó una sustancia azul, viscosa y hedionda, y alzó unas varas enjoyadas que hasta entonces habían estado ocultas por el glande tumoroso que coronaba su testa—. Le ruego que me perdone, pero aunque yo puedo ser calificado de casi cualquier cosa por un terrestre, el término “fascista” no me describe adecuadamente.
—Perdóneme usted —se disculpó el taxidermista—. Quise decir fasista, o faseoso. Me perturban sus fases, arrítmicas, esporádicas e imprevisibles.
—Ah, eso. Es cierto. No puedo evitar la apertura de mis glándulas giroscópicas, por lo que las fases se precipitan y me dominan. Tenga en cuenta que estoy en un mundo exótico.
—¿Nosotros somos exóticos?
—Son exóticos para mí. Le sigo explicando. Solo cuando logro retener el flujo que vibra en este folículo caldoso que se aprecia junto a la oquedad cristalina…
—¿Cuál, ese? —dijo el taxidermista señalando un ovoide violeta, no rojo, no magenta…
—No, este —dijo el extraterrestre. Tocó el receptáculo ventral con una púa ubicada en la punta de su extremidad superior derecha—. ¿Quiere tocarlo?
—¡No! Es repugnante.
—Antes me dijo fascista, ahora repugnante. Usted es un pésimo anfitrión.
—Seré, y xenófobo también, si quiere. Pero ¿a quién, humano o alienígena, se le ocurre sugerir que le toque el folículo caldoso de la oquedad cristalina?
—Hice mal en venir —se lamentó el extraterrestre—. Existirían mayores posibilidades de ser aceptado si yo pareciera un tomate. —Hizo un gesto universal de desagrado, y desapareció.

 
El rápido Tokio Nagoya

 —Ay, Floripondio, ¿cómo hizo para llegar tan rápido?
—Es que la amo un montón, Tremebunda.
—Pero usted vive a treinta leguas de aquí y hemos hablado por teléfono hace cinco minutos.
—Vine en el tren bala, ese que corre a seiscientos kilómetros por hora.
—En Japón, Floripondio, en Japón.
—¡Por favor! ¿Acaso cree que eso puede ser un obstáculo para que yo acuda a usted a toda velocidad, haciéndole caso a mi pasión, que fluye como un torrente?
—Yo creo que usted es un farsante, que dice esas cosas bonitas porque quiere dormir conmigo.
—Usted me ofende, Tremebunda. Yo jamás perdería el tiempo durmiendo junto a una dama que ofrece pródiga sus encantos.
—Perdóneme. Me dejé llevar por el arrebato de mi corazón desbocado. Debí haber tenido en cuenta que su amor es platónico.
—Ni platónico ni aristotélico. Cuando digo que no dormiría la siesta a su lado porque su cuerpo me corta el sueño.
—¡Entonces su interés en mí es puramente carnal!
—¡En absoluto! Nosotros, los orientales de pura cepa, no comemos carnes, solo ingerimos arroz.
—¿Es usted japonés, Floripondio, como el tren bala?
—No, Tremebunda, soy uruguayo.
 

Sergio Gaut vel Hartman – (Buenos Aires, 1947)
Escritor. Libros de ficción publicados: Cuerpos descartables. Buenos Aires: Minotauro, 1985. «El regreso de Espartaco», en la revista Cuásar. Carne verdadera (novela corta). Buenos Aires: Ediciones B, 2006. Espejos en fuga. Buenos Aires: Desde la Gente (Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos), 2009. Vuelos. Buenos Aires: Andrómeda, 2011.

 
Nicolas Coria - Argentina

El Espejo de la Tierra

 
         Uno de ellos llegó del Este, donde la arena lastima la piel humana si no está protegida. El otro vino del Fin del Mundo, donde el viento es frío y donde al avestruz se lo llama ñandú. Ambos compartían un mismo destino, aunque pertenecieran a distintos siglos, quizás a distintos mundos. Se vieron a sí mismos escondiéndose del otro, así que compartían también los mismos miedos.
         La noche llegó, y con ella el crepúsculo siempre frío, que introdujo no menos de doscientas estrellas y algunos satélites, como nuestra cercana Luna. Ambos hombres, sin hablar por no compartir un mismo lenguaje –ni la idea de lo que eso era–, decidieron permanecer cerca de un fuego rojo que en la noche más oscura no alumbraba adecuadamente. De todos modos, podían ver los rasgos del rostro del otro como un espejo maleable. Uno vio en el otro una lágrima caer de su ojo derecho, arrastrándose lentamente por su mejilla. La gota de agua salada cayó en su propia mano izquierda.
         Había encontrado su Destino en soledad y en el otro, y estaba triste de sentir que no era, por eso, único.
 
Nicolás Coria Nogueira (Argentina 1992): un escritor argentino de 23 años.

 

sabato 19 settembre 2015

MOLINOS DEL INFERNO (versione spagnola e italiana) di Adriana Alarco


Nunca había podido creer que los molinos fueran gigantes hasta que corrió delante de ellos como alma que lleva el diablo.
Sí, eran ogros espantosos de madera y metal con aspas veloces que querían devorarlo. Por todas partes yacían cadáveres y restos putrefactos de anteriores visitantes al planeta maldito. Vio un portal a lo lejos y decidió gastar su última energía para llegar hasta aquel refugio que se encontraba lejos pero era la póstuma esperanza de sobrevivir a la catástrofe.
Casi no tuvo tiempo de observar el escrito encima de la entrada que le trajo antiguas reminiscencias: “¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!”
Y luego se perdió en el laberinto.

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Non aveva mai creduto che i mulini a vento potessero essere veramente giganti, fino a che non corse davanti a loro come un’anima disperata.
Sì, erano orchi infernali con ali veloci di metallo e legno che volevano divorarlo. In mezzo al prato e dappertutto si trovavano membra, disperse e ormai putrefatte, di primi visitatori umani di quel pianeta maledetto.
Intravide un portico in lontananza e decise di spendere la sua ultima energia per cercare rifugio lì dentro, giacché era la sua ultima speranza di sopravvivere alla catastrofe.
Quasi non ebbe il tempo di osservare la scritta, sopra l’entrata, che lo scosse con antiche reminiscenze: “Oh, voi che entrate, abbandonate ogni speranza”.
E poi si perse nel labirinto.

mercoledì 16 settembre 2015

SMARTPHONE di Giuseppe Novellino

     L’avrebbero crocifisso allo spuntare del nuovo giorno. Questo era riuscito a capire, durante quella specie di seduta giudiziaria. L’uomo, avvolto in una toga dai colori spenti, doveva essere una specie di governatore; aveva emesso la sentenza, agitando il pollice all’ingiù, senza la minima esitazione.
     Non lo avevano incatenato ma non poteva in alcun modo fuggire. Due soldati di guardia se ne stavano seduti oltre la grata brunita e giocavano a dadi.
     Nella cella c’erano altri tre disgraziati che attendevano il supplizio. Aveva provato a comunicare con loro, ma senza risultato. Uno di essi si trovava in carcere da qualche tempo.
     Ciò che gli stava capitando era incredibile, ma vero, come vero era quel suo corpo sul cui petto ora passava la mano sudaticcia.
     Aveva parcheggiato la macchina nello spiazzo sterrato ed era sceso lungo la scarpata fiorita di ginestre. L’idea era quella di fotografare l’antica colonna ionica, ultimo resto di un tempietto solitario. Durante quella vacanza dai toni culturali, non si era lasciato sfuggire nulla: fino a quel momento aveva esaminato e fotografato ogni piccolo reperto.
     Ad un tratto era scivolato, ruzzolando tra i cespugli. E quando si era rialzato, la colonna non appariva più solitaria, ma affiancata da altre simili, intorno a una specie di cortiletto lastricato. Poi gli si erano avvicinati i due individui, ansanti, sudati e sporchi. Uno dei due impugnava una spada corta. Nello stesso tempo, accompagnati da un clangore e da un nugolo di polvere, erano comparsi i militi appiedati, simili a quelli che era abituato a vedere nei film in technicolor. Solo che non si comportavano secondo un copione cinematografico, non erano comparse che si muovevano davanti alla macchina da presa; i loro modi brutali erano del tutto spontanei.
      Li avevano circondati. Il tizio con lo spadino aveva tentato di resistere, ma era stato ferito all’avambraccio da un colpo di lancia. E mentre li legavano, lui aveva cercato di protestare, dicendo che era un semplice turista italiano in cerca di reperti antichi e che doveva rientrare in albergo per l’ora di cena. Si era beccato solo delle percosse.
     Gli venne in mente lo smartphone.
     Ma a che poteva servirgli?
     Se proprio doveva essere caduto in una falla dimensionale, oppure era andato indietro nel tempo (assurdo, decisamente assurdo, ma certo come la morte) a che cosa poteva servirgli il cellulare?
     Lo sfilò dal taschino laterale dei pantaloncini corti e se lo rigirò tra le mani.
     Un rumore venne dal vano adiacente, oltre la pesante grata di ferro. Uno dei soldati si levò in piedi, stiracchiandosi. Disse qualcosa in direzione della porta di legno massiccio che si aprì cigolando. Comparve un individuo che indossava una corta tunica di ruvido panno. Scambiò alcune parole con la guardia, che poi lo seguì oltre la soglia.
     Accese lo smartphone, entrò nella rubrica e selezionò meccanicamente il numero di Sonia.
     - Dove cazzo ti sei cacciato? – disse la voce familiare della moglie.
     Per poco l’apparecchio non gli sfuggì di mano. - Sei tu…
     - Chi vuoi che sia, Monica Bellucci? Ti devi accontentare della tua mogliettina, cocco!
     Uno dei tre prigionieri, accovacciato sopra un mucchietto di paglia umida, cominciava a lamentarsi. Era quello ferito all’avambraccio e se lo teneva stretto contro il ventre.
     - Non sai in che cazzo di pasticcio mi sono messo. – Poi ebbe una specie di lampo: - Forse sono capitato sul set di un film in costume, cara, non lo so. – Indossava solo un paio di sandali da frate e calzoncini corti. Quindi, così a torso nudo, appariva un po’ simile ai tre tizi che condividevano adesso lo stato di prigionieri, anch’essi scoperti fino alla cintola, con sandali, quelli sì d’epoca. Ma la mancanza di macchinari da ripresa mise in fuga quella sua debole speranza.
     - Tu giochi al cinema, mentre io sono qui ad aspettarti per scendere a cena. Lo sai che in questo ambiente ci sono gli squali, che se vedono una donna sola…
     - Se potessi, verrei subito.
     - Come sarebbe a dire “se potessi”?
     - Sono in una specie di carcere.
     - Se è solo una specie, vieni fuori di lì e precipitati in albergo.
     - Fosse facile!
     - Vuoi che venga io a prenderti?
     - Domani mattina  mi crocifiggono.
     - Ti crocifiggo io, Tony, se non mi raggiungi immediatamente. – Poi interruppe la comunicazione.
     Uno dei prigionieri si era assopito. Quello ferito, invece, pensava al suo male. Il terzo guardò Tony con aria interrogativa, gettando occhiate di meraviglia allo smartphone.
     - No – disse Tony, - mi sa proprio che questo oggetto sia del tutto al di là delle tue capacità di comprensione.
     Una delle sentinelle intimò il silenzio. Poi rientrò il collega con un secchio di legno,  pieno di una specie di brodaglia. Era probabilmente tutto ciò che spettava ai prigionieri, prima dell’esecuzione.
     Dovevano essere già calate le tenebre. Il caldo e l’umidità ostacolavano la respirazione. E mentre trascorreva il tempo, la mente di Tony si mise a lavorare.
     Che cosa gli era successo in realtà? Tutto sembrava, tranne uno scherzo. Doveva dunque ammettere di essere piombato in un passato assai remoto, in quello stesso luogo situato sulle coste meridionali della Turchia, dove si era recato in vacanza con la moglie? Ma si rese conto che era inutile arrovellarsi. Le cose erano andate così, punto e a capo. L’unica domanda che poteva porsi era sul perché il telefonino lo manteneva in contatto con la moglie.
     Riprese in mano l’apparecchio e selezionò ancora il numero della moglie. Niente, questa volta. Nessun suono, solo una specie di ronzio, come quello che si sente mettendo una conchiglia all’orecchio.
         L’uomo gli si avvicinò carponi. Aveva una faccia intelligente, era magro e puzzava. Borbottò qualcosa del tutto incomprensibile.
     Tony si accorse che era attirato dallo smartphone. Cercò un’immagine (era una foto con Sonia in costume da bagno) e glielo mise davanti agli occhi. Quello fece un balzo all’indietro.
     Ecco cosa doveva fare: usare il suo cellulare dell’ultima generazione per salvarsi la vita. Se impressionava il compagno prigioniero, avrebbe colpito anche le guardia e le autorità che lo avevano condannato a morte. Forse l’avrebbero preso per una dio… o semplicemente per uno stregone. Tanto valeva tentare.
     Si avvicinò alla grata e chiamò una delle sentinelle. L’altra si era addormentata.
     - Guarda qui – disse. – Che ne dici?
     Il display luccicava e la “Piccola musica notturna” di Mozart si diffuse in quell’antro oscuro e umido.
     Il milite indietreggiò, sgranando tanto d’occhi.
     - Funziona! – gridò Tony con esultanza. Poi, rivolto al soldato: - Vedi quali poteri mi ritrovo, citrullo? Su, apri questa dannata grata e lasciami andare. Altrimenti…
     Le parole gli morirono in gola. L’altro si era destato di soprassalto e si era precipitato alla grata, colpendola ripetutamente con una specie di manganello e intimando il silenzio.
     - Okay, okay – fece Tony, un passo indietro.
      Doveva essere l’alba. Un tenue chiarore filtrava da un pertugio nel soffitto, sopra la testa delle sentinelle.
     Era passato del tempo, durante il quale si era un po’ assopito.
     Adesso ricordava che era riuscito a comunicare con il prigioniero che gli aveva dedicato una certa curiosità. Quello gli era stato vicino e aveva perfino toccato lo smartphone, con mano tremante. Gli altri due erano rimasti del tutto indifferenti: il ferito abbandonato al suo dolore, l’altro (il veterano del carcere) chiuso in se stesso come un’ostrica. Probabilmente, aveva pensato Tony, era del tutto assorto nella contemplazione di ciò che gli sarebbe toccato di lì a poche ore. Solo lui, Tony, e il terzo individuo riuscivano a distrarsi, quest’ultimo vinto dalla curiosità. Tony non dava del tutto scontata la sua fine, per il semplice motivo che se era vissuto nel XXI secolo, non poteva finire crocifisso duemila anni prima. Qualcosa gli diceva che la situazione era del tutto improbabile. Inoltre aveva per le mani un gioiello della più recente tecnologia, al quale continuava ad attribuire poteri taumaturgici.
     Poi vennero a prenderli.
     Li trascinarono in un cortile. Il ferito e il prigioniero veterano erano docili e apparivano rassegnati. L’altro si divincolava e gridava qualcosa, indicando Tony.
     Tony cercò di estrarre lo smartphone, ma non fece in tempo. Due carnefici lo avevano preso per le braccia e ora gliele stavano legando a un palo, posato orizzontalmente sopra le sue spalle.
     - Ehi… no, lasciatemi… Guardate cosa ho in tasca! – Poi si accorse che il telefonino gli era scivolato a terra e ora giaceva nella polvere, calpestato dagli aguzzini. Si lasciò cadere sulle ginocchia, indicando con lo sguardo l’apparecchio. A suon di frustate fu costretto a rialzarsi.
     - Lo smartphone…  lo smartphone… - continuava a ripetere, mentre lo conducevano sul luogo dell’esecuzione. Il sudore gli colava negli occhi e glieli faceva bruciare. Quella specie di traversina gravava sulle spalle, producendogli improvvise fitte alla cervicale.
     Cercò di attirare l’attenzione dei passanti che si fermavano a guardare i quattro disgraziati condotti al supplizio, poi provò ad avvicinarsi al cavallo del centurione. Ma si prese una staffilata che lo fece cadere.
     In lontananza vide ergersi i lugubri pali contro l’orizzonte marino.
     E pensò a voce alta:
     - Chissà cosa dirà mia moglie, fra duemila anni, non trovandomi in albergo, nel letto, al suo fianco…

giovedì 10 settembre 2015

R. P. di Peppe Murro






Si guardava intorno come chi ha smarrito ogni capacità di orientarsi, come a tentare di trovare qualcosa che desse senso al grigio che sentiva dentro, ma non trovava punti di riferimento né attorno né dentro la sua anima. Si era perso, pensò con tristezza e terrore.
 Restò immobile, forse per capacitarsi di quanto gli accadeva e piano, con inesausta lentezza sentì crescergli un dolore nel petto. Strinse gli occhi, portò le mani al cuore quasi a dirgli "non fermarti, non ora". E respirò forte come per  trarre forza dai polmoni pieni.
Guardò intorno quella nebbia che sembrava lo cingesse in un abbraccio di umido mistero, cercò lì se stesso, le parole non dette, gli affetti rifiutati; cercò in quel biancore anche i suoi errori, ma gli sembrò che stesse guardando ogni cosa con occhi bianchi di cieco.
Provò ad alzare lo sguardo per vedere se c'era un cielo, non vide nulla. Non riusciva neppure a rendersi conto se il suo era un viaggio e quali erano le ragioni.
Nulla, non sapeva nulla; si rendeva conto solo che era lì, perso in quel grumo d'ovatta che sembrava quasi entrargli dentro, piano, con studiata lentezza.
 Provò anche a ricordare, ma né un nome né amici né incontri, sembrava quasi che lui fosse senza storia. Gli si rimescolava dentro appena un vago malessere come per cose incompiute.
Forse per questo ebbe paura, forse per questo lo prese l'angoscia di non riuscire a definire se quella situazione era un sogno o fosse reale, se era momentanea o definitiva: dove stava? e perché?
Aveva voglia di piangere, ma non sentiva lacrime.
Si accartocciò su se stesso, ripiegato come in ginocchio, forse gridò la sua disperazione contro tutto quello che lo sovrastava senza risposte.
Cercò la calma per pensare, cercò nella nebbia e in se stesso.
 Fu allora che affiorarono i ricordi come una piena, e lo travolse il gusto agrodolce di tutte le cose che aveva vissuto: gli incontri, le piccole cattiverie, gli affetti carezzati...persino i suoi pomeriggi a sfiorare i tasti del pianoforte, con la musica come amante.
E ricordò la fitta acuta al petto, i pensieri che si smarrivano con l'ultimo respiro.
Seppe così che era morto, come per una burrasca improvvisa in un giorno d'estate.
 Ne fu quasi sollevato: ora sapeva.
 E si accorse che non era la morte a dargli dolore, ma la vita incompleta, tutte le cose che avrebbe voluto finire ed erano invece rimaste lì, a segnare la fragilità del suo cuore. 

lunedì 7 settembre 2015

L’IMPIEGATO DEL MESE di Alejandro Bentivoglio


Di tutti gli impiegati che dormono in ufficio io sono l’unico sonnambulo che non smette mai di lavorare. Questo mi ha procurato vari elogi da parte dei miei superiori e sono sicuro che la promozione sia imminente.
Stamattina, per l’appunto, dicevo a González che non resterei affatto sorpreso se il Direttore Generale in persona lasciasse un cuscino solo per me sulla mia scrivania.

venerdì 4 settembre 2015

C’E’ UN UOMO CHE HA L’ABITUDINE DI PICCHIARMI CON UN OMBRELLO SULLA TESTA di Fernando Sorrentino

C’è un uomo che ha l’abitudine di picchiarmi con un ombrello sulla testa. Proprio oggi ricorrono i cinque anni dal giorno in cui iniziò a picchiarmi con l’ombrello sulla testa. I primi tempi non potevo sopportarlo; ora mi ci sono abituato.
Non so come si chiami. So che è un uomo comune, dal vestito grigio, un po’ canuto, dall’espressione vaga. Lo conobbi cinque anni fa, in un calda mattinata. Stavo leggendo il giornale, all’ombra di un albero, seduto su una panchina del parco Palermo. Ad un tratto, sentii che qualcosa mi toccava la testa. Era lo stesso uomo che, adesso, mentre sto scrivendo, meccanicamente continua imperterrito a darmi ombrellate.
In quell’occasione mi girai pieno di indignazione: lui continuò ad assestarmi colpi. Gli chiesi se era pazzo: non sembrò neppure sentirmi. Allora lo minacciai dicendogli che avrei chiamato un agente di polizia: imperturbabile e sereno, continuò la sua opera. Dopo alcuni istanti di indecisione e vedendo che non interrompeva la sua azione, mi alzai in piedi e gli diedi un pugno in faccia. L’uomo, emettendo un debole lamento, cadde a terra. Immediatamente, e facendo, in apparenza, un grande sforzo, si rialzò e riprese silenziosamente a picchiarmi con l’ombrello sulla testa. Il naso gli sanguinava e, in quel momento, ebbi compassione di quell’uomo e provai rimorsi per averlo colpito in quel modo. Perché, in realtà, l’uomo non mi dava delle vere ombrellate; piuttosto mi assestava dei leggeri colpi, del tutto indolori. E’ chiaro che questi colpi sono infinitamente fastidiosi. Tutti sappiamo che, quando una mosca ci si posa sulla fronte, non sentiamo alcun dolore: proviamo fastidio. Ebbene, quell’ombrello era una mosca gigantesca che, a intervalli regolari, si posava, una volta e poi un’altra, sulla mia testa.
Convinto di trovarmi davanti a un pazzo, volli allontanarmi. Ma l’uomo mi seguì in silenzio, senza smettere di picchiarmi. Allora iniziai a correre (qui devo puntualizzare che ci sono poche persone veloci quanto me). Lui prese ad inseguirmi, cercando invano di assestarmi qualche colpo. E l’uomo ansimava, ansimava, ansimava e sbuffava a tal punto che pensai che, se avessi continuato a costringerlo a correre così, il mio torturatore sarebbe morto proprio lì.
Perciò rallentai la corsa e ripresi il passo. Lo guardai. Sul suo volto non c’era né gratitudine né disapprovazione. Semplicemente mi picchiava con l’ombrello sulla testa. Pensai di presentarmi in commissariato e dire: “Signor ufficiale, quest’uomo mi sta picchiando con un ombrello sulla testa”. Sarebbe stato un caso senza precedenti. L’ufficiale mi avrebbe guardato con sospetto, mi avrebbe chiesto i documenti, avrebbe cominciato a farmi domande imbarazzanti, magari avrebbe finito per arrestarmi.
Mi sembrò meglio tornare a casa. Presi il 67. Lui, senza smettere di colpirmi, salì dietro di me. Mi sedetti sul primo sedile. Lui si sistemò, in piedi, di fianco a me: con la mano sinistra si reggeva al sostegno; con la destra brandiva implacabilmente l’ombrello. I passeggeri iniziarono con lo scambiarsi timidi sorrisi. L’autista si mise a guardarci attraverso lo specchietto. A poco a poco andò diffondendosi per tutto l’autobus una grande risata, una risata fragorosa, interminabile. Io, dalla vergogna, ero paonazzo. Il mio persecutore, indifferente alle risate, continuò con i suoi colpi.
Scesi —scendemmo— sotto il cavalcavia del Pacífico. Percorrevamo l’avenida Santa Fe. Tutti si voltavano stupidamente a guardarci. Pensai di dir loro: “Cosa guardano, imbecilli? Non hanno mai visto un uomo che picchia un altro con un ombrello sulla testa?”. Ma pensai anche che, molto probabilmente, non avevano mai visto un simile spettacolo. Cinque o sei ragazzi iniziarono a seguirci, gridando come ossessi.
Ma io avevo un piano. Una volta a casa, decisi di chiudergli brutalmente la porta in faccia. Non ci riuscii: lui, con mano salda, giocò d’anticipo, afferrò la maniglia, spinse un attimo ed entrò con me.
Da allora, continua a picchiarmi con l’ombrello sulla testa. Che sappia io, non ha mai dormito né mangiato niente. Si limita semplicemente a picchiarmi. Mi segue in tutti i miei movimenti, anche in quelli più intimi. Ricordo che, all’inizio, i colpi mi impedivano di addormentarmi; ora credo che, senza di essi, mi sarebbe impossibile dormire.
Comunque, i nostri rapporti non sono stati sempre buoni. Molte volte gli ho chiesto, con ogni tono possibile, di spiegarmi il suo modo di agire. Fu inutile: continuava, in silenzio, a picchiarmi con l’ombrello sulla testa. In molte occasioni gli ho propinato pugni, calci e —Dio mi perdoni— persino ombrellate. Lui accettava i colpi con mansuetudine, li accettava come facenti parte del suo gioco. Ed è proprio questo l’aspetto più allucinante della sua personalità: questa sorta di tranquilla convinzione nel suo lavoro, questa assenza di odio. In sostanza, questa certezza di stare compiendo una missione segreta e superiore.
Nonostante sia privo di necessità fisiologiche so che, quando lo picchio, sente dolore, so che è debole, so che è mortale. So anche che con uno sparo mi libererei di lui. Ciò che ignoro è se lo sparo deve uccidere lui o me. Non so nemmeno se, quando entrambi saremo morti, smetterà di colpirmi con l’ombrello sulla testa. Ad ogni modo, questo ragionamento è inutile: riconosco che non mi azzarderei ad ucciderlo né ad uccidermi.
D’altra parte, negli ultimi tempi ho capito che non potrei vivere senza i suoi colpi. Ora, con sempre maggior frequenza, mi perseguita un certo presentimento. Una nuova angoscia mi corrode il petto: l’angoscia di pensare che, quando forse più ne avrò bisogno, quest’uomo se ne andrà e io non sentirò più quelle dolci ombrellate che mi facevano dormire così profondamente.
(Traduzione di Alessandro Abate)

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Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza. Justamente hoy se cumplen cinco años desde el día en que empezó a pegarme con el paraguas en la cabeza. En los primeros tiempos no podía soportarlo; ahora estoy habituado.
No sé cómo se llama. Sé que es un hombre común, de traje gris, algo canoso, con un rostro vago. Lo conocí hace cinco años, en una mañana calurosa. Yo estaba leyendo el diario, a la sombra de un árbol, sentado en un banco del bosque de Palermo. De pronto sentí que algo me tocaba la cabeza. Era este mismo hombre que ahora, mientras estoy escribiendo, continúa mecánica e indiferentemente pegándome paraguazos.
En aquella oportunidad me di vuelta lleno de indignación: él siguió aplicándome golpes. Le pregunté si estaba loco: ni siquiera pareció oírme. Entonces lo amenacé con llamar a un vigilante: imperturbable y sereno, continuó con su tarea. Después de unos instantes de indecisión, y viendo que no desistía de su actitud, me puse de pie y le di un puñetazo en el rostro. El hombre, exhalando un tenue quejido, cayó al suelo. En seguida, y haciendo, al parecer, un gran esfuerzo, se levantó y volvió silenciosamente a pegarme con el paraguas en la cabeza. La nariz le sangraba, y en aquel momento tuve lástima de ese hombre y sentí remordimientos por haberlo golpeado de esa manera. Porque, en realidad, el hombre no me pegaba lo que se llama paraguazos; más bien me aplicaba unos leves golpes, por completo indoloros. Claro está que esos golpes son infinitamente molestos. Todos sabemos que, cuando una mosca se nos posa en la frente, no sentimos dolor alguno: sentimos fastidio. Pues bien, aquel paraguas era una gigantesca mosca que, a intervalos regulares, se posaba, una y otra vez, en mi cabeza.
Convencido de que me hallaba ante un loco, quise alejarme. Pero el hombre me siguió en silencio, sin dejar de pegarme. Entonces empecé a correr (aquí debo puntualizar que hay pocas personas tan veloces como yo). Él salió en mi persecución, tratando en vano de asestarme algún golpe. Y el hombre jadeaba, jadeaba, jadeaba y resoplaba tanto, que pensé que, si seguía obligándolo a correr así, mi torturador caería muerto allí mismo.
Por eso detuve mi carrera y retomé la marcha. Lo miré. En su rostro no había gratitud ni reproche. Sólo me pegaba con el paraguas en la cabeza. Pensé en presentarme en la comisaría, decir: “Señor oficial, este hombre me está pegando con un paraguas en la cabeza”. Sería un caso sin precedentes. El oficial me miraría con suspicacia, me pediría documentos, comenzaría a formularme preguntas embarazosas, tal vez terminaría por arrestarme.
Me pareció mejor volver a casa. Tomé el colectivo 67. Él, sin dejar de golpearme, subió detrás de mí. Me senté en el primer asiento. Él se ubicó, de pie, a mi lado: con la mano izquierda se tomaba del pasamanos; con la derecha blandía implacablemente el paraguas. Los pasajeros empezaron por cambiar tímidas sonrisas. El conductor se puso a observarnos por el espejo. Poco a poco fue ganando al pasaje una gran carcajada, una carcajada estruendosa, interminable. Yo, de la vergüenza, estaba hecho un fuego. Mi perseguidor, más allá de las risas, siguió con sus golpes.
Bajé —bajamos— en el puente del Pacífico. Íbamos por la avenida Santa Fe. Todos se daban vuelta estúpidamente para mirarnos. Pensé en decirles: “¿Qué miran, imbéciles? ¿Nunca vieron a un hombre que le pegue a otro con un paraguas en la cabeza?”. Pero también pensé que nunca habrían visto tal espectáculo. Cinco o seis chicos empezaron a seguirnos, gritando como energúmenos.
Pero yo tenía un plan. Ya en mi casa, quise cerrarle bruscamente la puerta en las narices. No pude: él, con mano firme, se anticipó, agarró el picaporte, forcejeó un instante y entró conmigo.
Desde entonces, continúa golpeándome con el paraguas en la cabeza. Que yo sepa, jamás durmió ni comió nada. Simplemente se limita a pegarme. Me acompaña en todos mis actos, aun en los más íntimos. Recuerdo que, al principio, los golpes me impedían conciliar el sueño; ahora creo que, sin ellos, me sería imposible dormir.
Sin embargo, nuestras relaciones no siempre han sido buenas. Muchas veces le he pedido, en todos los tonos posibles, que me explicara su proceder. Fue inútil: calladamente seguía golpeándome con el paraguas en la cabeza. En muchas ocasiones le he propinado puñetazos, patadas y —Dios me perdone— hasta paraguazos. Él aceptaba los golpes con mansedumbre, los aceptaba como una parte más de su tarea. Y este hecho es justamente lo más alucinante de su personalidad: esa suerte de tranquila convicción en su trabajo, esa carencia de odio. En fin, esa certeza de estar cumpliendo con una misión secreta y superior.
Pese a su falta de necesidades fisiológicas, sé que, cuando lo golpeo, siente dolor, sé que es débil, sé que es mortal. Sé también que un tiro me libraría de él. Lo que ignoro es si el tiro debe matarlo a él o matarme a mí. Tampoco sé si, cuando los dos estemos muertos, no seguirá golpeándome con el paraguas en la cabeza. De todos modos, este razonamiento es inútil: reconozco que no me atrevería a matarlo ni a matarme.
Por otra parte, en los últimos tiempos he comprendido que no podría vivir sin sus golpes. Ahora, cada vez con mayor frecuencia, me hostiga cierto presentimiento. Una nueva angustia me corroe el pecho: la angustia de pensar que, acaso cuando más lo necesite, este hombre se irá y yo ya no sentiré esos suaves paraguazos que me hacían dormir tan profundamente.

mercoledì 2 settembre 2015

L’EREDE di Teresa Regna (con traduzione in spagnolo di Adriana Alarco de Zadra)

    
Guja aveva raccolto i capelli, neri e folti, in una spessa treccia, appuntandoli alla sommità del capo e posandovi in cima un diadema di rara bellezza, formato da piume multicolori. Ai lobi delle minuscole orecchie portava orecchini a pendente, e al collo, alla caviglia destra e ai polsi dei monili raffiguranti la luna, sacra a Mamaquilla, moglie di Inti e patrona delle donne. Si inchinò, posando un ginocchio a terra, e baciò la mano del marito.   
     “Ti ho condotto qui, nel luogo più sacro della terra, per darti una buona notizia”, annunciò il re. “Il bambino che porti in grembo, se sarà un maschio, cingerà sul capo la corona solare, governando il popolo Inca in qualità di mio successore”.
     “Ti ringrazio di cuore a nome di nostro figlio”, affermò la donna. “Ma non ritieni che le tua prima moglie si riterrà defraudata di un suo diritto se negherai l’ascesa al trono a suo figlio?”.
     “Lascia che mi maledica, insieme a quell’inetto e viziato ragazzo che si fregia del titolo di mio primogenito”.
     Fece una pausa, osservando le acque del lago ella vita, Titicaca, che scintillavano sotto i raggi del sole. Poi pose le mani sulle spalle della donna, in un gesto affettuoso e imperioso insieme. Gli orecchini di Guja tintinnarono, come se Mamaquilla volesse approvare la decisione presa dal re.
     “La scelta spetta a me, e l’ho compiuta. Il mio successore sarà il figlio di una donna eccezionale: generosa e paziente, amabile e bellissima”.
     La moglie chinò il capo. “Ne sono lieta”, asserì.
     La cima del Macchu Picchu venne illuminata brevemente da un lampo, mentre il corpo bruciato del primogenito, salito fin lì a spiare le mosse del re, precipitava a valle.
     Anche Inti aveva fatto la sua scelta.

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Guja había recogido su cabello grueso y azabache en una gruesa trenza, sujetándola en la parte superior de la cabeza y colocando una tiara de rara belleza hecha con plumas multicolores. En los pequeños lóbulos de las orejas llevaba pendientes y al cuello, en el tobillo derecho y en las muñecas traía joyas representando la Luna Sagrada o Mamaquilla, esposa del Sol Inti y patrona de las mujeres. Se inclinó, posó una rodilla en el suelo y besó la mano de su marido.
      - Te he traído aquí, al lugar más sagrado de esta tierra, para darle una buena noticia, - dijo el ,» anunció el rey. -   Si el niño que llevas en el vientre es varón, ceñirá la corona y gobernará al pueblo Inca como mi sucesor.
    - Te agradezco en nombre de nuestro hijo, - exclamó la mujer, - pero, ¿no crees que tu legítima esposa se sentirá defraudada si niegas a tu primogénito el acceso al trono del Inca?
    - Deja que me maldiga.  No me interesa ella ni tampoco ese muchacho mimado e inepto que dice ser mi primogénito.
Se detuvo, recordando las aguas del lejano lago Titicaca cuando brillaban bajo el sol.  Entonces, él puso sus manos sobre los hombros de la mujer en un gesto imperioso pero afectuoso.  A Guja le tintinaron los pendientes como si Mamaquilla aprobara la decisión tomada por el Inca Rey.
    - La elección es mía.  Mi sucesor debe ser hijo de una mujer excepcional, generosa, paciente, cariñosa y bellísima.
    La mujer inclinó la cabeza:
    - Me siento muy honrada, - respondió.
La cumbre del Machu Picchu fue iluminada brevemente por una luz.  El primogénito que había subido para espiar los movimientos del Rey, sufrió las consecuencias del rayo que atravesó su cuerpo haciéndolo caer por la ladera hacia el río que corría bajo el santuario.
El dios Inti también había hecho su elección.